Cuando decir “sí a todo” deja de ser libertad
Durante mucho tiempo pensé que decir sí a todo era sinónimo de oportunidades, de crecimiento y hasta de éxito personal. Sentía que ser esa persona que siempre estaba disponible, que participaba en todo y parecía poder con todo, me hacía destacar. No solo decía sí a todo… estaba en todo.
Quizá también tenía que ver con el ego. Con esa sensación de creerme capaz de sostenerlo todo, de llegar a todos lados, de no perderme ninguna experiencia, ninguna oportunidad ni ninguna persona importante que pudiera aparecer en el camino.
Y es verdad que gracias a muchos de esos sí conocí personas increíbles, viví oportunidades laborales maravillosas y construí relaciones profundamente significativas. Muchos de esos sí me expandieron, me hicieron crecer y me llevaron a lugares que jamás habría imaginado.
Pero también hubo una época en la que algunos de esos sí comenzaron a desbordarme. Me saturaban, me agotaban y, poco a poco, empezaron a robarme tiempo de calidad con mi familia, con mis seres queridos y, sobre todo, conmigo misma.
Ahí entendí algo importante: a veces decir sí a todo también implica renunciar a otros sí igual de valiosos. Como el sí al descanso, al autocuidado, a la calma o simplemente a escucharnos de verdad.
Vivimos en una cultura que muchas veces glorifica el estar ocupados, disponibles y constantemente abiertos a más. Más planes, más trabajo, más personas, más experiencias. Como si el valor de nuestra vida dependiera de cuánto somos capaces de abarcar.
Y durante mucho tiempo yo misma confundí el movimiento constante con plenitud.
Creía que aprovechar la vida significaba no perder ninguna oportunidad, estar presente en cada proyecto, en cada propuesta, en cada experiencia nueva. Pero con el tiempo descubrí que el verdadero problema no era decir sí, sino olvidarme de preguntarme desde dónde nacía ese sí.
Porque no es lo mismo decir sí desde el deseo auténtico que hacerlo desde el miedo a perder oportunidades, desde la necesidad de validación o desde la sensación de tener que demostrar constantemente que podemos con todo.
Y creo que muchas personas viven exactamente eso sin darse cuenta.
Nos convertimos en expertos en sostener agendas imposibles, relaciones agotadas y responsabilidades infinitas, mientras dejamos para el final las cosas más importantes: descansar, disfrutar, compartir tiempo de calidad o simplemente sentirnos en paz.
Paradójicamente, algunos de los sí que más nos hacen sentir exitosos por fuera pueden terminar desconectándonos profundamente por dentro.
Y quizá por eso esta reflexión comenzó a removerme tanto.
Porque entendí que la vida no siempre necesita más intensidad, más ruido o más productividad. A veces necesita más presencia. Más consciencia. Más honestidad con nosotros mismos.
Hace unos meses, en una conversación profundamente especial con mi querido amigo y maestro, el doctor Carlos de la Cruz, me llevé una de las reflexiones más importantes de mi vida.
En medio de uno de los momentos más difíciles, al final de su enfermedad, me dijo algo que todavía resuena dentro de mí:
“Amiga, es maravilloso todo lo que haces y las oportunidades que estás teniendo. Solo quiero que me prometas una cosa: que lo que hagas, lo hagas porque realmente lo disfrutas. Quítate todas las cosas que te generen estrés, porque al final no merece la pena.”
Y creo que nunca había entendido tan profundamente el valor de elegir dónde ponemos nuestra energía, nuestro tiempo y nuestra presencia.
A veces vivimos atrapados en la idea de que tenemos que estar en todo, aprovecharlo todo y poder con todo. Pero con el tiempo he comprendido que una vida llena de sí automáticos también puede alejarnos de nosotros mismos.
Hoy sigo creyendo en los sí.
En los sí que expanden, que emocionan, que conectan y que transforman.
Pero también creo profundamente en los sí conscientes.
En esos que nacen del deseo auténtico, de la calma y del disfrute real.
Porque quizá la verdadera plenitud no está en hacerlo todo… sino en vivir de verdad aquello que elegimos vivir.
Y curiosamente, con el tiempo también entendí que esta reflexión no solo atravesaba mi forma de vivir… sino también mi forma de amar, de relacionarme y de explorar mi sexualidad.
Ahora, por cierto, quizá os estaréis preguntando qué tiene que ver todo esto con la sexualidad, las relaciones o las eróticas alternativas.
Y la realidad es que tiene absolutamente todo que ver.
No podemos separar al ser humano de aquello que vive en su día a día, de la manera en la que se relaciona consigo mismo, del estrés que sostiene, de la forma en la que ama, se vincula o aprende a disfrutar de la vida.
Todo aquello que sucede fuera de la cama termina entrando también en nuestra sexualidad.
La saturación, el agotamiento, la autoexigencia, la necesidad de cumplir constantemente, la desconexión con nosotros mismos o incluso la incapacidad de escucharnos, terminan afectando inevitablemente la manera en la que nos relacionamos afectiva y sexualmente.
Y precisamente por eso, en consulta, muchas veces trabajamos primero en reconducir todas esas áreas de la vida cotidiana para que después pueda existir una sexualidad más plena, consciente y disfrutada.
Porque una sexualidad sana no empieza únicamente en el cuerpo. También empieza en la manera en la que habitamos nuestra vida.
Y quizá por eso el “sí a todo” también merece ser reflexionado dentro de nuestras relaciones, nuestros vínculos y nuestras formas de explorar el deseo.
Pero esa parte… merece un artículo aparte.
Así que no os perdáis la segunda parte de esta reflexión, donde hablaremos del “sí a todo” dentro de las relaciones, la exploración erótica y las prácticas alternativas.

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